Para dos plumas, un estuche simple hubiera estado bien, pero Rocío se empecinaba en que su nueva lapicera fuera de tela y tuviera colores y cierres vistosos y acabados lindos y, porqué no, estampados a la moda. Entonces fuimos al Centro. Porque decir el Centro, es hablar de un curioso monstruo mitad tianguis, mitad supermercado viejo, donde todo es posible y se encuentra de cualquier cosa. Henos ahí a medio día, con un sol sonriente y despreocupado que abrazaba como diablo, entre miles de padres de familia preocupados por encontrar en algún sitio los útiles escolares al menor precio.
Cuando dimos con las lapiceras, Rocío preguntó ¿cuánto cuesta ésta? 50 pesos, respondió una barriga sin cuerpo. ¿Y esta otra? 50 pesos, dijo de nuevo la barriga. ¿Y la de allá? 50 pesos, contestó la barriga ya un tanto molesta, todas cuestan 50 pesos. ¿Y no tiene una de X personaje? Nomás de lo que ves y todas cuestan 50 pesos.
Entonces, Rocío compró una lapicera, que a juzgar por el holograma pirata de los productos disney, era original. Y nos fuimos. Detrás de nosotros se quedaron los padres o tutores ya sin cuerpo, pura voz de grito pelado y nervioso, preguntando los precios más baratos de las cosas inútiles de la inútil lista escolar. Necios, ¿no lo crees?, dijo Rocío. Quizá, respondí.
En efecto, cuántos de nosotros no recordamos haber comprado tal o cual juego de reglas y escuadras milimétricas y de aluminio que jamás utilizamos o el cuaderno de hojas blancas para dibujo, la goma para pluma, el corrector, los listones, el diccionario, papeles, diurex, tijeras, compaces, escalimetro, cinta métrica, bolígrafos de punto fino y de punto grueso en azulverderojonegroycafé, prit, recistol blanco y azul y amarillo, hojas blancas, cuadernos de raya, de cuadro chicoygrande, de doble raya, pautado, con espiral metálico no, sino cosido, etc. Cosas sin sentido que terminaban a los pocos días en el cesto de basura.
Y la educación ha seguido un rumbo similar desde nuestras infancias, hasta ahora que nos toca forrar ociosamente los cuadernos de nuestros sobrinos (o hijos, según sea el caso). Matemáticas forrado de verde esmeralda; español, de color amarillo con dos vistos azules; geografía, de rosa con volantes blancos. Todos con cédulas en la que se vea el nombre del alumno, empezando por apellidos, el grado, el grupo y el turno. Ah, no crean que sólo hablo de la educación pública, sino de la privada la cual curiosamente sigue los lineamientos establecidos por la Secretaría de Educación Pública y su educación positivista. En un colegio del Estado puede entenderse que se uniformen los criterios. El vestido va así y los cuadernos azá. Porque en un colegio del Estado todos somos iguales, es democrático, y todos somos pobres. No hay preferencias, ni marcas, ni modas, sólo el Estado, sus principios y sus símbolos patrios.
No obstante, en un país pluricultural, o sea, desigual, no es posible una educación nacionalista, ni tienen cabida las listas de útiles. Según el Instituno Nacional de Evaluación para la Educación (INEE) la gran mayoría de los planteles educativos estatales (con estatal me refiero a pertenecientes al Estado) tienen un nivel muy bajo tanto en calidad educativa, como equipamento y personal docente. (La Calidad de la Educación Básica: 2006, pag. 28) Aunque las escuelas urbanas se colocan por encima de las rurales, las primeras están muy por abajo de las privadas. La razón de esto es evidente: la pobreza.
El país creció de manera irregular después de la Revolución de 1910. Dejó en el olvido a las comunidades rurales y sólo un sector de la población urbana, dedicada a los servicios, logró establecerse con mediana solvencia económica, los llamados de economía media. Ambos sectores convivieron, de este modo, en un mismo sitio. Así, en un país con desarrollo disparejo, la oferta educativa se hizo siguiendo soluciones fáciles y baratas. Hubo, entonces escuelas multigrado, dobles y triples turnos, telesecundarias, etc. Además, “la llegada a las aulas” dice el INEE, “de proporciones crecientes de alumnos de contextos étnicos, lingüísticos, sociales y culturales distintos a los de las minorías urbanas que recibía tradicionalmente la escuela, no fue acompañada en grado suficiente, por la diferenciación de contenidos curriculares, estrategias pedagógicas y modelos organizacionales que hacían necesarios el crecimiento y la diversificación del alumnado” (La calidad: 2006, pag. 27)
Como vemos, en un mundo pluricultural, urge una reforma educativa incluyente que se adapte a cada sector, sin que ello signifique la segregación en los planes curriculares, sino , la adecuación de éstos a la realidad fáctica del alumno. Más o menos, así lo está haciendo la Secretaría de Educación del Distrito Federal a través del programa de Educación a Distancia utilizando el programa B@ de la UNAM. Conocimiento útil y de calidad, no listas de materiales ociosos…
